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Sucias Fantasías

El liberalismo de mi polla

Tokyo decadence

Decadencia en Tokyo - Sucias Fantasías

Me desperté tumbado boca abajo en la alfombra de mi habitación. De mi entrepierna subía un rancio olor a sudor y esperma, junto al nauseabundo regusto a vómito que inundaba mi paladar, eran los síntomas que aquella había sido una de las mejores noches de mi estancia en Japón. Difícilmente superable.
Aprovechando la erección mañanera, me dí el gusto de masturbarme y dejar toda la papilla en la alfombra.

***

Escondido en un patio trasero, en medio del barrio de Shibuya (Tokio), se encontraba un bunker de donde sonaba música al más puro estilo berlinés. Agarré una cerveza y me encendí un pitillo, se acercó una hermosa amarilla, me debía sacar dos cabezas tranquilamente. Charlamos durante unos minutos, Barcelona esto, Barcelona aquello, oh sí! Gaudí era un genio, la Sagrada Familia, blablabla…

Me invitó a un par de rondas de cervezas y tabaco. Nos dimos las manos y sin ni siquiera besarnos nos fuimos para su apartamento. Sachi vivía sola en un pequeño piso en el centro de Shibuya. No me importaba en absoluto de donde una chica de 27 años sacaba tanto dinero como para poder pagarse ella sola un apartamento en una de las zonas más caras de la ciudad. De modo que no pregunté, y sin prestarle demasiada atención a la lujosa casa la desnudé.
Uno de los rasgos físicos que más me gustan de las japonesas son sus pequeñas tetillas. Siempre he tenido un dicho respeto a las tetas, teta que mano no cubre, no es teta sino ubre. Al bagarse las bragas apareció una frondosa maleza de vello púbico. Tenía la boca hecha agua. La segunda cosa que más me gustaba de ellas, era las pocas chicas que me estaba encontrado con el cochito rapado.

Follamos un par de veces antes de volver al bunker. Mejor dicho, me corrí un par de veces, por supuesto, ella me dobló la cantidad de orgasmos.
Sachi desnudad y tumbada en la cama, con aquella sonrisa de oreja a oreja que tienen las mujeres después de conocer por primera vez el placer puro, se despidió de mí – No quiero volver a bailar, disfruta de la noche y nos vemos entre las sabanas mañana por la mañana –.

***

Volví a la discoteca. Me encontré con los mismos australianos con los que había estado fumando hierba la noche anterior. Me invitaron a un poco de polvo blanco. Largo y amargo bajó por mis conductos nasales.
A las seis de la mañana nos largamos a un after. Me encontré a Kotono, vestida con la misma ropa que el viernes. (Kotono era una de la chicas que me la habían chupado la noche del viernes). Hablamos un poco de la noche tokiota, nos dimos el lote y me largue de nuevo hacía los lavabos con los australianos y una japonesa color café que se nos había unido.
Bailamos, nos besamos unos con otros y fumamos un poco de hierba. A la hora de estar allí, la japonesa de color café nos llevó a otro after.  Mucho más decadente que el anterior.

En el nuevo sitio, se encontraba una pareja de hippies totalmente colocados, una mujer de unos cincuenta años, con la que me besé y me pasó una pastilla, y un grupo de chicos que no sabían ni en que día estábamos.

Volví en mí a las 10 de la mañana, me encontraba bailando entro los dos hippies y con el lugar prácticamente vacío, solo quedábamos nosotros y la cuarentona follándose a un chaval en el sofá de la entrada. Me regalaron un poco de LSD. Todo colocado me fui hacia casa de Sachi. Volvimos a follar, pero esta vez no pude correrme. Cada vez que cambiábamos de posición, el entorno iba cambiando. Follamos en el Monte Fuji, en playas vírgenes y en el medio del Amazonas.

A la una, con la polla en carne viva, me despedí para siempre de unas de las mujeres más bellas que haya empotrado en mi vida.

Drugs and techno in Tokyo

drugs and techno in Tokyo

Tengo que admitirlo. Soy un hombre de morro fino, siempre me ha gustado levantarme de la cama con aquel placer gustativo que solo las mejores vaginas pueden darte. Y así es como aquel viernes malgasté parta del día, sin comer, sin hacer nada. Tan solo saboreando los  restos de fluidos vaginales que aún corrían por mis papilas gustativas.

Hoy será la gran noche. Tocaba sacar el polo Fred Perry del fondo de la mochila e ir a deleitarme con el mejor dj de todo Japón. Chida. Eso me habían vendido y eso es lo que buscaba aquella noche: Coños, alcohol, techno y con un poco de suerte podría colocarme.

***

Casi son las doce de la noche, me dirijo hacia un pequeño club llamado Zero, ubicado en el distrito de Shibuya. Una de las arterias de las zonas bajas de la capital. Estoy listo. Tokio, no he venido a jugar, he venido a ganar.

***

Las cuatro de la madrugada, el local empieza a llenarse. En la oscuridad de la sala, tan solo interrumpida brevemente por las luces bailando al compás de Chida, se puede distinguir como la gran mayoría llevan  sus gafas de sol. Qué tan hipócrita puede llegar a ser la sociedad japonesa. 


Por un instante dejo de prestar atención a la música, enfrente de mí, una joven de vestido negro, saca una bolsa llena de pastillas. Intento comprar un par de ellas. A los pocos minutos tengo que desistir. Ella no vende, ella no consume, ella no tiene nada. Y yo, yo soy el puto Papa.
Que remedio, doy unos pasos atrás y vuelvo a sumergirme al encanto de la música. Sin verlas venir, una joven se avalanza sobre mí, nos besamos, lleva una pastilla en su lengua, con el ritmo de mi corazón acelerado la acepto y sin pensarlo dos veces me la trago. Es la misma chica de hace 5 minutos.

Ella y yo. Nosotros. No hay nadie más en la pista de baile. En cabina sigue Chida pinchando. Somos un solo ente. Posiblemente no sea más que una sensación ilusoria, pero es una de las mejores. Nos acompaña su cubata cargado de M y algunas incursiones al lavabo de chicas para meternos algo más fuerte.
En una de nuestras incursiones – El M me está poniendo realmente caliente- Sin mediar palabra, se arrodilla ante mi, me baja los pantalones. Se encuentra con mi falo totalmente duro. Ahora que me doy cuento creo que tendría que podarlo un poco. Como si fuera otro de sus cócteles llenos de drogas se traga todos mis pequeñines.

Nos perdemos en medio del bullicio que llena la sala. Todavía me queda una de sus pastillas. Decido tomarla y seguir el flow de la noche. Con el corazón roto por haberla perdido de vista, voy a pedir mi última cerveza antes de partir.

-¿De dónde eres? – Me lanza una japonesa de unos treinta y tantos años, vestida con un hermoso conjunto de flores.
Pasamos los siguientes minutos juntos en la barra hablando sobre trivialidades y bebiendo chupitos de Jagger. No se como coño pasó, pero de nuevo, me veo dentro del servicio de mujeres con los pantalones bajados y con una preciosidad asiática chupándome la polla. Demasiada mierda, mi pequeño soldadito no va a funcionar más.

***

En un momento de lucidez y con apenas el 10% de batería en el móvil, me doy cuenta que son las doce de la mañana. Chida sigue a los platos, y por las escaleras no para de bajar más y más amantes de la fiesta. Se ha acabo para mí, mi cartera y mis bolsillos están vacíos. Lo he quemado todo. Es hora de irse por la puerta grande.

Empiezo a descubrir los secretos de los bajos fondos de Tokio. Coños, alcohol y  drogas. No se si estoy viviendo la vida de Hank Moody o simplemente soy un capullo con suerte.

Tokio MILF

Tokio MILF - Sucias Fantasías

Son las 2 de la madrugada, borracho y ya sin perspectivas de pasar una noche loca, enfilo la calle dirección a mi hotel. -Mierda, nunca voy a conocer las profundidades de Tokio-. Una noche menos.

A la vuelta de la esquina, iluminado con una luz rosada parece que aún hay un pequeño local que resiste a irse a dormir. Entro. Los únicos cuatro clientes que hay me miran fijamente, en éste momento recuerdo algo que me contaron en Osaka -Los bares de la Yakuza suelen tener rótulos con luces rosas-. De perdidos al río, mejor me tomo una cerveza. Me siento al lado opuesto al resto de clientes. En total tres hombres y una mujer de unos cuarenta y tantos años.

-Sumimasen. Toriaezu biiru- Chillo al único camarero del local. (En cristiano, le he pedido una puta cerveza, pero educadamente).  Al mismo instante la cuarentona gira la cabeza hacia mí. Cruzamos nuestras miradas durante unos segundos, le guiño el ojo y me sumerjo en mi aguada cerveza. Antes de poder levantar mi mirada de la jarra, me doy cuenta que se ha sentado a mi lado. Inclino mi cabeza para saludarla, antes de mediar palabra, noto como manosea mi polla. En un perfecto inglés me susurra -Mi marido esta de viaje, ¿te apetece venir a mi casa?-.

Ya en su apartamento, nos desnudamos sin apenas habernos dado ni un cochino beso. La tumbo en la la cama, piernas en alto y bien abiertas, enfrente de mi una maleza negra que me indica que aquello será otro maravilloso manjar. Sentado de rodillas y mirando fijamente aquel chochito, junto mis manos en “posición de rezo” y pronuncio en voz alta “Itadekimasu”. Aiko se empieza a reír, entre carcajada y carcajada me llama “Saucy”. Con una picara sonrisa en mis labios, cierro los ojos y me sumerjo en lo más profundo de éste maravilloso cuerpo.

No se si han pasado dos horas o veinte minutos, Aiko ha dejado las sabanas empapadas de fluidos vaginales y mi polla, una vez más por culpa del alcohol no quiere funcionar. No voy a follar, pero hoy he conseguido que una cuarentona japonesa recuerde mi destreza en el arte del cunnilingus para toda su vida.

-Puedes quedarte a dormir si quieres, mi marido no viene hasta el domingo- La beso en la mejilla y le digo que no puedo, que hay alguien esperándome en mi hotel. Me sonríe y me vuelve a susurrar -Nunca antes había tenido un orgasmo sin que ningún falo entrara en mí. Tu podrías conquistar a todas las japonesas-.

Me despido de ella con el animo entre las nubes y sabiendo que mañana tocará una buena sesión de masturbación.

Conquistando Japón

Sucias Fantasias - Conquistando Japón

Sentado en la silla de mi habitación, contemplaba como Miki bailaba y se desnudaba para mí. Delante tenía una preciosidad japonesa de 43 años. Con un cuerpo diez, esculpido a base de yoga y pilates.

Unas horas antes de que empezáramos a jugar con nuestro cuerpos, cenábamos en un restaurante del centro de Osaka. Durante la cena, me contó que no podía tener hijos, que ella y su marido viven en ciudades diferentes por trabajo y que de vez en cuando tiene citas con otros hombres. Pero hacía más de un año que no hace el amor con alguien diferente a él.

Acabé de desnudarla, y para mi sorpresa, apareció ante mí un estrecho coño totalmente depilado y unas pequeñas tetillas de grandes pezones. Sus piernas manchadas de rojo indicaban que seguía arrastrando su periodo. No pregunté. La puse encima del escritorio, abrí sus piernas y me deleité con aquel sabor que mezclaba lo mejor de una vagina japonesa con los restos secos de sangre menstrual.
No recuerdo si estuve diez minutos o media hora sumergido en aquel conejito, pero aun sin tener la oportunidad de penetrarla, ella ya disfrutaba. Gemía y se corría en mi boca. Pedía polla, pero no quería apartar la lengua de aquel gran festival gustativo digno de emperadores japoneses.

La bajé del escritorio, pero sin dejar que tocara el suelo y agarrando sus piernas con mis brazos, me la follé. No pesaba nada. Arañaba con fuerza mi espalda, al mismo tiempo que gemía y mordía sus labios. Sentía como Miki disfrutaba como hacía años que no lo hacía. Y ella se volvía loca con cada mazazo de mi polla contra su chochito. Se corrió unos minutos antes que la estampara contra la pared. Me corrí dentro. A ella no le importo, lamió los restos de semen de mi pene y nos fuimos a la cama.

Nos echamos en la cama y jugamos con nuestros cuerpos a la espera de que mi pequeño soldadito estuviera listo para volver a la trinchera. Me la follé de nuevo. Con más agresividad la penetraba y la pegaba, más disfrutaba. Aquello parecía el día del orgasmos femenino. Uno tras otro, no paraba de correrse. Me pidió parar y descansar. Llevábamos más de una hora con el mete y saca. Estaba agotada.
Recuperamos nuestras fuerzas y hablamos sobre nuestras experiencias sexuales. Después de dos años de casada, y justo cuando se enteró que no podia dar a luz, tubo su primera experiencia lésbica, con una japonesa durante sus vacaciones de verano.

Apreté sus pezones como si estuviera buscando el dial adecuado de la radio. Mini yo estaba preparado para volver a la conquista de Japón. Me tiró contra la cama y agarrando con fuerza mi bello del pecho se montó encima mio. Con los ojos cerrados y tirando con fuerza de mi pelo, me cabalgó. Tan solo mojaba la puntita. La puntita nada más. Volvió a correrse antes de que yo pudiera llegar al clímax. Chillaba de placer y me arrancaba algún que otro pelo.

De nuevo sentado en la silla contemplaba como se vestía. Aquel cuerpo era impresionante y sabía que nunca más volvería a ser mío. Me la volvía a tirar de pie contra la pared. Y de nuevo se volvió a correr antes que yo. Ya agotada del todo, me regaló la mejor mamada que mi sargento había recibido en vida. Me dejó totalmente seco, no quedaba ni gota de semen en mis pelotas, todos mi soldaditos corrían dentro de su sistema digestivo.

Por la mañana sentado en el borde de mi cama, me fijaba como su periodo había dejado manchado el escritorio, el suelo, la silla, la pared y gran parte de la cama. Aquello fue memorable.

El problema de Japón

El problema de japón - Sucias Fantasías

Una noche más, cual chiquillo, había acabado jugueteando con las manos de una japonesa en un pequeño bar de la ciudad de Kyoto. Ella, una mujer hecha y derecha, de 45 años y que trabaja en la banca privada estaba divorciada y vivía con sus dos hijos de veinte y pocos años. Casi la misma edad que yo.

Y una noche más que no follé. No conseguí ni un cochino beso. Aunque ella se pasó dos horas repitiendo lo mucho que le gustaba y lo maduro que le parecía. “Un besó simboliza nuestra unión como pareja” me soltó.

Este es uno de los muchos ejemplos que os podría explicar de las dificultades que hay para echar un triste polvo en Japón. No existe el sexo, solo el amor. El amor de verdad.

Siete días antes de conocer a la cuarentona, en el mismo local, conocí a unos maestros universitarios de Kyoto. Él, americano y ella japonesa, los dos solteros. Me explicaban que (según ellos) más del 90% de las parejas japonesas se conocen en la universidad o en el trabajo. Ya que, los japoneses son tan tímidos que no podrían hablar con otra persona del sexo opuesto fuera del mundo profesional.

La gran mayoría no tienen pareja. La gran mayoría no quiere pareja. Y aquí viene la gran pregunta, ¿Cómo satisfacen sus impulsos sexuales?
Las ciudades japonesas están llenas de bares de chicas, chicos, casas de citas, bares de mamades y todo tipo de establecimiento sexual que puedas llegar a imaginarte. Y sí, tanto ellos como ellas utilizan estos servicios.

El sexo pagado es sexo por placer. El sexo “gratuito” es amor.

Triste vida la de un japonés.

Sexy sushi

Sexy sushi - Sucias Fantasias

Habían pasado unas dos horas desde que llegara a aquella pequeña discoteca de música techno. No eramos más de 16 personas en todo el garito: 10 chicos y 6 chicas, todas ellas novias de los 6 DJ que pinchaban aquella noche. Sin ninguna esperanza de follar, me centré en disfrutar de la música y de los porros de marihuana que me había regalado uno de los DJ.

Ya eran casi las 4 de la mañana, cuando Sota, un melenudo y hippioso japonés que intentaba pinchar algo parecido al mínimal techno me presentó, oficialmente, su novia. Una japonesa, alta, morena, de pelo corto, que tenia las orejas llenas de pircings y vestía con una larga falda marrón que conjuntaba con una camisa de manga corta a rallas.
A la que Sota, que era mi único “amigo” en toda la ciudad se puso a los platos, yo pasé a la acción. Era evidente que su novia sentía una atracción sexual hacia mí. Yo yo hacía todas las jopenesas.
A los 30 minutos y bajo la atenta mirada de toda la sala y del propio novio nos encerramos en el lavabo. Él que estaba a los platos no podía hacer nada más que resignarse en ver como iba a follarme a su novia.

Nos encerramos en aquel pequeño lavabo que olía a orín y que tenía las pintas de no haberse limpiado en años. A los pocos segundos de encontrarnos allí, nuestras lenguas se entrecruzaban entre si. Aquello, como ya pasó en Barcelona iba a ser una noche más utilizando mi pene como cabeza.
Bajé la tapa del wc y la senté, abrí sus piernas, me sumergí entre su falda y le quité las bragitas. Disfruté cada segundo, oliendo aquel maravilloso conejito que estaba a punto de comer. ácido úrico mezclado con pecado. Cerré mis ojos. Me regocijé entre su bello púbico. Poco a poco empecé a palpar con mis dedos sus clítoris. Llegaron los primeros gemidos de placer. Mis primeros gemidos de una japonesa.

Hora de pasar a la acción. Mi lengua, mi más que famosa lengua iba entrar en acción. Mi pene llevaba minutos queriendo atacar, poco a poco-pensé. Voy a gozarlo durante horas. Ella no paraba de gemir, contra más gemía con más velocidad y precisión utilizaba mi lengua. Apretaba mi cabeza contra su vagina y gemía más y más en japonés.

De golpe todo se acabó. No había presión en mi cabeza. No escuchaba ningún gemido. Como un buceador salí a la superficie. No podía ser, se había quedado dormida entre medio de tanto gozo. Intenté despertarla pero fue en vano. Le volví a poner el tanga. Me enjuagué la boca con agua y salí de allí.

Al verme, Sota vino directamente hacía mí.

– Tío, ¿Dónde esta mi novia y que hacías con ella?
– Mira lo siento, ella estaba muy mal y la he acompañado a vomitar al lavabo, pero ahora se ha quedado dormida y no puedo despertarla.
– ¡Joder! gracias, pensaba que estabas follándotela.
– No tío, somos amigos, yo no hago esas cosas. ¿Necesitas ayuda para sacarla del lavabo?
– No, déjala que duerma.

Aun con el sabor a vagina en la boca, nos abrazamos y nos despedimos como si no hubiera pasado nada.

Las chicas de otros

Sucias Fantasias - Levantarle la chica a otro

PARTE I 

Duo dinámico

Me encuentro junto a un vasco, cocinero, en un evento de vinos. Pasamos las primeras dos horas, solos, charlando de política española, fútbol y mujeres japonesas.
Él esta ansiado, hace un par de semanas que su novia japonesa había cortado con él vía WhatsApp, y aún no había podido redimirse.

Ve a dos chicas solas, muy guapas, parecen tener cerca los 32-34 y me pide que vayamos a hablar con ellas. Nos sentamos en la misma mesa. Empieza el juego.

Pronto saca a relucir “sus logros”: 2 restaurantes en Bilbao y jefe de cocina de un hotel de lujo en Japón. Googleo su nombre. Nada. Es un charlatán. Es demasiado agresivo con las chicas, e intenta emborracharlas rápidamente. Me aburre. Le dejo solo.

A los pocos minutos las chicas me vienen a buscar. -por favor, siéntate con nosotros-. Él sigue con su agresiva táctica. Le dejo a lo suyo y me pongo a comentar la jugada con el camarero.

Las chicas me piden mi contacto y me dicen de quedar mañana. Son muy guapas. Les digo que si y les doy mi número. Veo como las venas del vasco se van inflando y me suelta -¡La hostia! no te metas, quiero ligarme a la de la derecha-. Me voy, le doy vía libre. Ellas notan el porqué y muestran su incomodidad.

La chica de Kobe y el guaperas de Osaka

Al poco de levantarme de la mesa de las chicas y el vasco, me presentan lo que parece una pareja de unos 45 años. Ella habla inglés perfectamente y empezamos a conversar. Le pregunto si están casados y me dice que no, que se acaban de conocer. Vía libre.

Él es muy guapo, cuerpo atlético y bronceado. Con un toque a chulito de playa. Ella viste muy elegante, vestido Fred Perry, de los que me gustan y pelo corto. Con una sonrisa siempre en la cara.

Ella y yo seguimos a lo nuestro, él al no hablar inglés se queda fuera de la conversación. Se vacían nuestras copas y me levanto a por dos más. -Eres un caballero- me dice con los ojos brillantes. Él ve su derrota y decide dejarnos solos.

Nos sentamos en una mesa. Y a los pocos minutos ya nos estamos besando. La mejor de todas. Es increíble. Mi polla lo nota y se endurece.
Seguimos durante un par de horas sentados, jugando con nuestras manos y lenguas ante la atenta mirada de los asistentes. Los Japoneses no se besan en público. Aunque noto que está avergonzada, el alcohol y las ganas de ligarse a un joven europeo le dan energía y descaro para seguir con nuestros juegos semi eróticos.
Tengo que irme, he quedado para cenar con unos amigos. Me acompaña hasta la estación. Manoseos de polla, coño y tetas van siguiéndonos hasta mi punto de reunión. -Me da mucha vergüenza todo esto, pero me excita mucho- Me susurra.

– Tienes libre el sábado, ¿Me enseñas Kobe?
– Sí, por supuesto. Tengo muchas ganas de volverte a ver
Nos besamos durante unos largos segundos.
– Que vergüenza, todos los niños están mirando como una vieja como yo besa a un chico tan joven.

 

 

Mexicanos, negros y una virgen

Sucias Fantasias - Mexicanos, negros y una virgen japonesa

Había llegado a Osaka. La ciudad del placer en Japón. La pequeña Berlín oriental. O si más no, esto es lo que me habían dicho.

Viernes noche

Había sido un día muy entretenido. Tarde movida charlando sobre techno, drogas, sexo y fiestas con una pequeña y juguetona japonesa.
Por la noche cené con una pareja local que podían beber más alcohol que yo en mis mejores épocas.

Pero bien. Vamos a lo que realmente importa.

23 pm
Me encuentro dentro de un club, donde el tema más exitoso es “Despacito”, y que bailo junto a dos mexicanos. Con tan solo una mirada nos entendemos, sabemos que hay que hacer. Nos acercamos y trazamos el plan. Hay que encontrar un poco de fiesta en forma de pastillas.
Nada. Estamos en el único club sano de la ciudad.

Cerca nuestro se encuentran unas mariposas negras bailando locamente. Les preguntamos si llevan algo de placer con ellos. -Mi polla es mi fiesta- me responde la más alocada de aquellos “machos”.

02 am
Los mexicanos empiezan a desmelenarse y mostrar su lado oscuro. Aquello olía a homosexual por todas partes.
-Venga locas, hagamos una ronda de besos- nos chilla el más pequeño de los dos. Nos besamos. Primero el pequeñajo y yo. El pequeñajo con su novio. El novio conmigo. Fue divertido, era el primer beso decente que recibía por tierras amarillas.

Unos minutos después se acercó uno de los negros. -Tengo envidia, bésame-. Nos besamos.
Los cuatro juntos. El enano mexicano propone de hacer una orgía. Joder no, me niego. Besarse es divertido, pero dejar que el tercer mundo te toque el miembro viril es otra muy diferente.

04 am
Me encuentro en uno de los sofás del club hablando con una jovencissima japonesa, cuando de repente. PUM. Vemos como el más pequeño de los mexicanos se desploma delante nuestro. Se intercambiaron varios puñetazos con su novio hasta que la seguridad se los llevó.

Enfocado de nuevo en la conversación con la chica. 20 años, virgen. Nunca ha besado a ningún chico. Me cuenta que ha venido con unos amigos/as y que entre ellos se encuentra el chico que le gusta. Me lo presenta, hay que decir que el tío esta muy bueno.

Seguimos con nuestra conversación, ella quiere besarle esta noche pero tiene miedo en hacerlo mal. Me pide consejo y mi respuesta es -No te puedo aconsejar de como besar a un chico, solo mostrarte como hacerlo-.  Su rostro se vuelve rojo como un tomate.

La beso. Veo como lentamente cierra su ojos e intenta disfrutar de su primer beso. -Nada mal, le gustará. Lánzate- le susurro y me voy.

Sábado por la mañana

7 am
Me encuentro paseando en busca de algún lugar donde comer y serenarme. Había sido una noche un poco extraña.

En la esquina de una calle me encuentro una joven nipona fumándose un pitillo. Me sonríe, le sonrío y me acerco a ella. Trabaja de camarera en un pub que abre 24h. Nos sentamos en el suelo y charlamos lo que ella tarda en fumarse otros cuatro cigarrillos.

-Tengo 30 minutos libres, venga te invito a una copa- me dice. Enteramos y nos sentamos al fondo del local. Todos los sofás están llenos de parejas besándose. Nosotros no vamos a ser menos. La beso.

A los 30 minutos de reloj, vuelve detrás la barra, nos besamos y nos despedimos.

8:30 am
Por fin llego a mi habitación. Una ducha, una paja y a dormir.

Lloraré y lloraré

Sucias Fantasias - llorare y llorare

Me encuentro el mismo bar de hacía dos noches, esta vez nos acompaña la música de los “Gipsy kings”.

En la barra nos encontramos un chico japonés de mediana edad con pintas de virgen y yo. En el sofá de detrás nuestro dos preciosas japonesas de unos treinta y largos, acompañadas por un alcohólico que no deja de manosear a la más guapa, que además parece la más fresca del duo.

Pasaron por mi estómago unas tres cervezas hasta que la segunda de las chicas reuniera el valor para sentarse a mi lado, hasta entonces solo se había dignado a contemplar el festival erótico que se estaba montado su amiga.

Necesitó otras dos cervezas para empezar con los juegos de mano. De nuevo los terribles preliminares japoneses. Aquel pequeño bar se había encaprichado a que viviera una segunda adolescencia sexual acompañado de maduritas japonesa.
Torpes besos, toqueteos por debajo de los pantalones y la falda. Una y otra vez. Como en un bucle infinito durante las siguientes dos horas.

Me levantó para ir a visitar la sede del PSOE. Cagar y mear.

A la vuelta me empieza a contar sobre la vergüenza que le dan nuestros actos. Se quiere ir a casa sola. Me bebo mi cerveza, le doy mi contacto al camarero y me despido de todos.
Nuestras miradas se cruzan y por sus ojos empiezan a derramarse las primeras lágrimas. No entiendo nada. De nuevo una japonesa llorando.

No me queda paciencia para volver a contemplar una escena tan lamentable. La derecha no pierde el tiempo. Adiós pequeño bar musical, ha sido un placer.

Ramen para dos

Sucias Fantasías - Ramen para dos

Olor a cogollos y un viejo vinilo de los “The Specials” girando en los platos de aquel pequeño garito. Sabia que estaba en el lugar idóneo. Eran apenas las ocho de la tarde, el bar está vacío, pero es sábado y la noche joven.

Hay una única clienta sentada en la barra, fumándose un pitillo y bebiendo whisky. Aparenta poco más de cuarenta años y con un cuerpo que desearían las de veinte. Me siento dos sillas más allá de ella y me sumerjo en la música.

Es el turno de los “The Ska-talites” y con el cambio de vinilo empezamos a conversar. Música, sexo y ramen ocupan la siguiente hora de nuestros pensamientos.
A las diez de la noche entran los siguientes clientes, un grupo de hombres japoneses y una sola chica. Aprovechando que el bar se empieza a llenar hago mis primeros movimientos y me siento al lado de la cuarentona. Finalmente el sexo ocupa la totalidad de nuestra conversación.

Estoy en Japón. Me basta con cogerla de la mano para saber si hoy voy a mojar.

Sentados uno al lado del otro, cogidos de la mano y acariciándonos. Parecemos dos adolescentes que van a descubrir el sexo por primera vez. Aquí funciona así. El país con más depravados del mundo y con más inútiles en relaciones.

Le beso en la mejilla. Hay que ir lentos. Me cuenta que hace más de dos años que no tiene relaciones sexuales con nadie y que el pasado sábado besó a un hombre casado. Le beso. El peor beso que me han dado nunca.

Ya con los preliminares en marcha y “Rico Rodriguez” en los altavoces, entra en juego un cincuentón. Volvemos a conversar sobre ramen y un deporte llamado béisbol. Que aburrido. Nosotros seguimos a lo nuestro y nos vamos intercambiando saliva ante la atenta mirada del japonés borracho de la barra.

Hay un pequeño Ramen bar que abre a medianoche y solo los fines de semana. Decidimos que es un buen lugar para escaparnos de las miradas curiosas de los cincuentones que llenan el bar y deshacernos del molesto alcohólico.
Nos largamos. No puede ser, aquel hombre es una auténtica pesadilla y nos va siguiendo. Acabamos teniendo una pequeña discusión y le invito a irse a tomar por culo. Literalmente. Él le susurra alguna cosa a mi chica, pero no le doy importancia. Le agarro de la manos y nos desvanecemos calle arriba. Ahora si, los dos solos, por fin.

Proseguimos con nuestro juegos de adolescentes. Besos torpes y tocamientos como si estuviera descubriendo el falo por primera vez. De golpe algo raro ocurre, han transcurrido apenas 2 minutos del incidente con el cincuentón y ella quiere sentarse y hablar. Quiere irse a casa, sola. No entiendo absolutamente nada.

Medio resignado le digo que no hay problema, que es libre de hacer aquello que quiera. Que yo voy a ir a comer ramen y que me sabe mal que después de que aquel gusano socialista le susurrara ella había cambiado. Reflejaba una total cara de vergüenza y fragilidad. Le beso en la mejilla le doy las gracias por la noche. Rompe a llorar. Ahora si que no entiendo nada. la abrazo, la calmo y le vuelvo a besar en la mejilla. -Me voy a comer ramen, ya sabes donde voy a estar. Arigato- me despido de ella.

Abro la puerta, el lugar esta lleno de parejas comiendo juntas. -¿Ramen para dos?- Me chilla una voz desde la barra. Me giro y miro hacía la calle pero solo hay oscuridad. -No, para uno-.