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Sucias Fantasías

El liberalismo de mi polla

Aleatoriedades

Si hay algo que atraiga el que le escribe, es la aleatoriedad. Esa mágica oportunidad que el azar le regala a uno sin avisar. Los hippies lo llaman destino; los creyentes, la voluntad del Señor. Pero todos compartimos el placer cuando algo totalmente inesperado se nos presenta, y decidimos aceptarlo, afrontarlo sin remordimientos.

Aleatoriedad es lo que pasó un frío viernes, no hace muchas semanas atrás, cuando después de tomar unas cervezas con los compañeros de trabajo, cuatro de nosotros decidimos salir. Me atraía Gema, una pelirroja -aunque ella diga que es castaña -exótica, de no sé que remoto país que solo viste de blanco y negro. Habla rápido ese inglés nativo, volteando su cabeza a la derecha y ligeramente hacia abajo para que sus ojos parezcan más amenazantes. También estaba Fred, un australiano alto y delgado, bi declarado pero en periodo heterosexual durante los tres últimos años. Frío, audaz, de esas personas a las que amas u odias. Por último también estaba Daniel, homosexual -aunque él diga que es bi- amante de lo sucio y aleatorio.

A Daniel siempre le había gustado Fred y no lo escondía, y entre Gema y un servidor siempre ha habido esa atracción que ambos ignorábamos por vergüenza o culpabilidad.

Entramos en un club de música electrónica y después de dejar los abrigos nos dirigimos al baño. Todos al mismo. No puedes crear la aleatoriedad pero la droga tiene un fuerte poder de atracción de situaciones impensables en la sobriedad.

Daniel iba detrás de Fred para que le besara mientras el resto bailábamos el monótono ritmo del techno. Después de uno de los muchos viajes al baño que hicimos esa noche decidimos sentarnos en una zona de sofás. Solo había sitio para tres así que Fred decidió que era una buena idea estirarse encima del resto de forma que su cabeza quedara en mis rodillas. Mis manos, completamente independientes en ese momento, empezaron a acariciar ese fino cabello australiano, mientras Daniel empezaba a besarle.

Y sí, era mi turno y cumplí religiosamente con mi deber.

Instantes después, Daniel empezó a besar a Gema -brevemente ya que el siempre ha preferido a los chicos- para luego forzarla a besar a Fred. Y sí, era mi turno y cumplí religiosamente con mi deber. Fred besaba de forma demasiado brusca, seguramente pensando en su novia. Con Daniel descubrí una conexión que nunca hubiera pensado que pudiera tener besando a un chico: nos entendíamos en forma e intensidad y su barba de una semana no solo no me molestaba sino que hacia el juego aun mas interesante. Besé a Gema por obligación porque, estúpido de mi, no quería que eso afectara a nuestra relación de amistad. Visto el resultado, ella pensaba lo mismo.

Hicimos varias rondas como si fuéramos niños de 10 años jugando a los tazos, pero Daniel me escogió y nos liamos durante algunos minutos. Fred se cansó y se levantó, así que el juego se había acabado oficialmente y volvimos a bailar, esta vez a la sala con la música más dura. Nos sentíamos liberados, con la fuerza suficiente como para llevar ese juego al siguiente nivel.

Pero no pasó. Unos amigos de Gema llegaron unos minutos después, Daniel estaba cansado y la culpabilidad de Fred ya había tomado el control de su cabeza. Ya no nos besamos más esa noche. De hecho, desde ese día no hemos vuelto a salir juntos, seguramente por ese temor infantil de ya saber como acabaría la noche.

La aleatoriedad no entiende de parejas, esperas o vergüenza. Esa noche la encontramos y la dejamos escapar, algo que me prometí a mi mismo que no volvería a pasar dos veces. Palabra.

Bastardo. Alguien me escogió para esta misión aunque ninguno de los dos sabemos cuál es.

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