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Sucias Fantasías

El liberalismo de mi polla

Drugs and techno in Tokyo

drugs and techno in Tokyo

Tengo que admitirlo. Soy un hombre de morro fino, siempre me ha gustado levantarme de la cama con aquel placer gustativo que solo las mejores vaginas pueden darte. Y así es como aquel viernes malgasté parta del día, sin comer, sin hacer nada. Tan solo saboreando los  restos de fluidos vaginales que aún corrían por mis papilas gustativas.

Hoy será la gran noche. Tocaba sacar el polo Fred Perry del fondo de la mochila e ir a deleitarme con el mejor dj de todo Japón. Chida. Eso me habían vendido y eso es lo que buscaba aquella noche: Coños, alcohol, techno y con un poco de suerte podría colocarme.

***

Casi son las doce de la noche, me dirijo hacia un pequeño club llamado Zero, ubicado en el distrito de Shibuya. Una de las arterias de las zonas bajas de la capital. Estoy listo. Tokio, no he venido a jugar, he venido a ganar.

***

Las cuatro de la madrugada, el local empieza a llenarse. En la oscuridad de la sala, tan solo interrumpida brevemente por las luces bailando al compás de Chida, se puede distinguir como la gran mayoría llevan  sus gafas de sol. Qué tan hipócrita puede llegar a ser la sociedad japonesa. 


Por un instante dejo de prestar atención a la música, enfrente de mí, una joven de vestido negro, saca una bolsa llena de pastillas. Intento comprar un par de ellas. A los pocos minutos tengo que desistir. Ella no vende, ella no consume, ella no tiene nada. Y yo, yo soy el puto Papa.
Que remedio, doy unos pasos atrás y vuelvo a sumergirme al encanto de la música. Sin verlas venir, una joven se avalanza sobre mí, nos besamos, lleva una pastilla en su lengua, con el ritmo de mi corazón acelerado la acepto y sin pensarlo dos veces me la trago. Es la misma chica de hace 5 minutos.

Ella y yo. Nosotros. No hay nadie más en la pista de baile. En cabina sigue Chida pinchando. Somos un solo ente. Posiblemente no sea más que una sensación ilusoria, pero es una de las mejores. Nos acompaña su cubata cargado de M y algunas incursiones al lavabo de chicas para meternos algo más fuerte.
En una de nuestras incursiones – El M me está poniendo realmente caliente- Sin mediar palabra, se arrodilla ante mi, me baja los pantalones. Se encuentra con mi falo totalmente duro. Ahora que me doy cuento creo que tendría que podarlo un poco. Como si fuera otro de sus cócteles llenos de drogas se traga todos mis pequeñines.

Nos perdemos en medio del bullicio que llena la sala. Todavía me queda una de sus pastillas. Decido tomarla y seguir el flow de la noche. Con el corazón roto por haberla perdido de vista, voy a pedir mi última cerveza antes de partir.

-¿De dónde eres? – Me lanza una japonesa de unos treinta y tantos años, vestida con un hermoso conjunto de flores.
Pasamos los siguientes minutos juntos en la barra hablando sobre trivialidades y bebiendo chupitos de Jagger. No se como coño pasó, pero de nuevo, me veo dentro del servicio de mujeres con los pantalones bajados y con una preciosidad asiática chupándome la polla. Demasiada mierda, mi pequeño soldadito no va a funcionar más.

***

En un momento de lucidez y con apenas el 10% de batería en el móvil, me doy cuenta que son las doce de la mañana. Chida sigue a los platos, y por las escaleras no para de bajar más y más amantes de la fiesta. Se ha acabo para mí, mi cartera y mis bolsillos están vacíos. Lo he quemado todo. Es hora de irse por la puerta grande.

Empiezo a descubrir los secretos de los bajos fondos de Tokio. Coños, alcohol y  drogas. No se si estoy viviendo la vida de Hank Moody o simplemente soy un capullo con suerte.

Siempre habrá dinero y putas y borrachos, hasta que caiga la última bomba.

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