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Sucias Fantasías

El liberalismo de mi polla

Masturbación

Llevábamos toda la noche arriba y abajo visitando diferentes Girls bar de Tokio. En el primero de ellos intercambié mi teléfono y cuatro besos tontos con la camarera. La verdad es que no era nada del otro mundo. Pero al fina y al cabo aun tenia que tachar de la lista de países el chochito japonés.

En el segundo Girls bar de la noche, ya se había convertido en un clásico para nosotros. Eramos los amos de la fiesta junto a un loco millonario de Okinawa. Que le gustaba chupar los brazos de cualquiera que tuviera a su lado, hombre o mujer. Un demente de alto nivel.

El tercer Girls bar que fuimos aquella noche era uno nuevo, aún los conejitos de aquel antro no sabían de lo que era capaz. Al contrario que los anteriores aquel estaba lleno de maduritas.  Coños japoneses más que usados. Incluso una era madre. mejor, estas suelen ser las más guarillas.

Una de las camareras acabó sentada a mi lado. Charlamos de sexo, de los cuernos de su mardio y de la increíble pequeñez de los rabos nipones. Al final tanto hablar de meterla, me puse cachondo y la besé. Ni se inmutó. Nos besamos allí delante de sus compañeras y clientes al grito de -Hentai, hentai- por parte de un cincuentón con pinta a pajillero.
No nos cortamos ni un pelo y a los 30′ mi mano ya estaba masajeando sus enormes tetas (digo enormes si las comparas con la media de las japonesas. Que parecen putas tablas de planchar). Acabó media desnuda, ante la antenta mirada de los pervertidos que llenaban el local y aprendiendo de un maestro catalán de como se debe masturbar a una mujer.

Eran las cuatro de la mañana y me había quedado sin dinero, ella tenía que seguir trabajando. Le propuse un polvo rápido en el lavabo pero se negó. Zorra. Me largué de allí entre los aplausos y las caras atónitas de los cerdos de la barra.

 

Soy un gran patán que toma cervezas y fuma habanos. Así es como debemos ser, así es como Dios quiso que fuéramos todos los hombres.

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