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Sucias Fantasías

El liberalismo de mi polla

Tokio MILF

Tokio MILF - Sucias Fantasías

Son las 2 de la madrugada, borracho y ya sin perspectivas de pasar una noche loca, enfilo la calle dirección a mi hotel. -Mierda, nunca voy a conocer las profundidades de Tokio-. Una noche menos.

A la vuelta de la esquina, iluminado con una luz rosada parece que aún hay un pequeño local que resiste a irse a dormir. Entro. Los únicos cuatro clientes que hay me miran fijamente, en éste momento recuerdo algo que me contaron en Osaka -Los bares de la Yakuza suelen tener rótulos con luces rosas-. De perdidos al río, mejor me tomo una cerveza. Me siento al lado opuesto al resto de clientes. En total tres hombres y una mujer de unos cuarenta y tantos años.

-Sumimasen. Toriaezu biiru- Chillo al único camarero del local. (En cristiano, le he pedido una puta cerveza, pero educadamente).  Al mismo instante la cuarentona gira la cabeza hacia mí. Cruzamos nuestras miradas durante unos segundos, le guiño el ojo y me sumerjo en mi aguada cerveza. Antes de poder levantar mi mirada de la jarra, me doy cuenta que se ha sentado a mi lado. Inclino mi cabeza para saludarla, antes de mediar palabra, noto como manosea mi polla. En un perfecto inglés me susurra -Mi marido esta de viaje, ¿te apetece venir a mi casa?-.

Ya en su apartamento, nos desnudamos sin apenas habernos dado ni un cochino beso. La tumbo en la la cama, piernas en alto y bien abiertas, enfrente de mi una maleza negra que me indica que aquello será otro maravilloso manjar. Sentado de rodillas y mirando fijamente aquel chochito, junto mis manos en “posición de rezo” y pronuncio en voz alta “Itadekimasu”. Aiko se empieza a reír, entre carcajada y carcajada me llama “Saucy”. Con una picara sonrisa en mis labios, cierro los ojos y me sumerjo en lo más profundo de éste maravilloso cuerpo.

No se si han pasado dos horas o veinte minutos, Aiko ha dejado las sabanas empapadas de fluidos vaginales y mi polla, una vez más por culpa del alcohol no quiere funcionar. No voy a follar, pero hoy he conseguido que una cuarentona japonesa recuerde mi destreza en el arte del cunnilingus para toda su vida.

-Puedes quedarte a dormir si quieres, mi marido no viene hasta el domingo- La beso en la mejilla y le digo que no puedo, que hay alguien esperándome en mi hotel. Me sonríe y me vuelve a susurrar -Nunca antes había tenido un orgasmo sin que ningún falo entrara en mí. Tu podrías conquistar a todas las japonesas-.

Me despido de ella con el animo entre las nubes y sabiendo que mañana tocará una buena sesión de masturbación.

Siempre habrá dinero y putas y borrachos, hasta que caiga la última bomba.

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